Historia de Lanzarote del Lago

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—Por mi fe, os podéis quedar por la fuerza, pero no os quedaréis de grado, pues temo que si viene mi amigo y os encuentra aquí se enfade conmigo.

—Por Dios, conseguiré establecer la paz entre vos y cualquiera que venga.

—Podéis hacer vuestra voluntad, pero si me ocurre algo malo por vos, me pesará.

Lanzarote se quita entonces el yelmo y lo echa en medio del pabellón; se acerca a su caballo, le quita el freno y vuelve a donde estaba la doncella; se baja la ventana, pero no quiso quitarse la cota de mallas hasta que llegara el amigo de la doncella. Luego le pregunta que de dónde es.

—Señor, soy de esta tierra, prima del rey de los Cien Caballeros. Cuando regresamos del torneo que ha tenido lugar esta mañana delante del castillo de Penigue nos anocheció aquí y por eso hicimos plantar las tiendas que llevábamos con nosotros.

Mientras hablaban así entraron dos caballeros completamente armados que venían a pie.

El primero que entró, mira a Lanzarote y le dice:

—Señor caballero, ¿con qué permiso habéis venido aquí?

—Señor, no tuve permiso de nadie más que de mi propia voluntad, que me hizo quedarme, pues así lo necesitaba, pues no habría encontrado dónde alojarme.


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