Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Mi señor Yvaín toma por la mano al muchacho y lo lleva a la sala. El rey le da las dos manos a la reina y van a sentarse en una cama; el muchacho se sienta delante de ellos, sobre la hierba con que estaba tapizado todo el suelo. El rey lo contempla con mucho gusto: le había parecido hermoso cuando venía, pero eso no era nada en comparación con la belleza que tenía ahora; no le cabe duda de que ha crecido y se ha criado en medio de gran abundancia. La reina, mientras tanto, ruega que Dios le conceda todas las buenas cualidades que debe tener un caballero, ya que le ha dado tanta belleza. Lo mira con dulzura y él la contempla igual siempre que puede dirigir hacia ella los ojos sin que nadie se dé cuenta, y se pregunta sorprendido de dónde procederá tanta belleza como hay en ella, pues a su lado ni la Dama del Lago, ni ninguna otra mujer valen nada, a su parecer. Y no le faltaba razón, pues la reina era dama de damas y fuente de belleza; pero si supiera sus otros méritos, la contemplaría con más gusto, pues no había nadie, pobre o rico, que se le pudiera comparar.
Al fin, la reina le pregunta a mi señor Yvaín cómo se llama el muchacho y él responde que no lo sabe.
—¿Sabéis —insiste la reina— de quién es hijo, o dónde nació?
—Señora, no; sólo sé que es del país de Gaula, pues habla la lengua de allí.