Historia de Lanzarote del Lago

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De tal forma hablaron los del campamento durante buen rato. El rey Claudás, que había entrado en su ciudad, se desarmó y lo mismo hicieron todos los demás, pero cuando supo que su hijo Claudín estaba prisionero, se puso triste y pesaroso, y lloraba con amargura, se rasgaba el vestido, se arrancaba el cabello y gritaba a voces:

—Desdichado, desgraciado, ¿qué vas a hacer?

Semejante dolor no habría cesado si los nobles no hubieran empezado a mirarlo y a decirle:

—Señor, por Dios, no os desconsoléis tanto. No debe un rey hacer semejante duelo por nada de lo que pueda recuperar, pues sin duda podréis recuperado fácilmente, ya que tenéis prisionero al rey Bandemagus; cambiadlo por vuestro hijo.

Tanto le dijeron unos y otros, que Claudás dejó las lamentaciones que estaba haciendo con la esperanza de recuperar a su hijo.

Por la noche, cuando colocaron las mesas y se pusieron a cenar, empezaron todos a hablar de las hazañas que habían realizado los de fuera, y dijeron que al principio había sido muy hermoso el combate.

—Por Dios —dice uno de los romanos—, de ninguna forma hubiera pensado que Claudín no pudiera resistir frente al caballero con el que estaba combatiendo, pues sé que es el más hábil de cuantos he visto y bien lo conozco; me extraña mucho que cayera.


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