Historia de Lanzarote del Lago

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—Señor —le dice Héctor a Perceval—, me muero. Por Dios, si podéis vivir y la fortuna os lleva a la corte, apenas veáis a Lanzarote mi hermano, saludádmelo, pero, por Dios, no os preocupéis en contarle mi desgraciada muerte, pues se enfadaría con vos sin motivo.

Perceval le contesta que no tendrá ocasión de llevar el mensaje, pues no cree que llegue a ver el día de mañana.

Cuando estaban en tal peligro y en tal angustia, que pensaban que iban a morir, vieron que se les acercaba una claridad tan grande como si el sol bajara a ellos; se preguntaron admirados qué podía ser. Miraron y vieron un vaso que parecía un cáliz, cubierto de seda blanca; delante venían dos incensarios y otros dos venía detrás, pero no veían quién los llevaba ni quién sostenía el vaso; parecía algo sagrado; esperan tanta bondad de él que se inclinan a pesar de los dolores que tienen. Entonces ocurrió algo extraordinario, pues se sintieron sanos, salvos y curados de todas las heridas que tenían. No tardó mucho en desaparecer tan repentinamente el vaso que no supieron qué había sido de él.

Al cabo de un rato habló Perceval y le dijo a Héctor:

—Mi señor Héctor, ¿habéis visto lo que nos ha ocurrido?


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