Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago El caballero no teme: se coloca el escudo sobre la cabeza y se lanza. Uno le da tal tajo que le parte el escudo y la espada sigue bajando, de forma que le alcanza el hombro derecho atravesándole las mallas de la cota y haciendo que la roja sangre le brote abundante y le caiga por el cuerpo; por fin, la espada se hunde dos palmos en el suelo. Pero inmediatamente él se vuelve a poner en pie, toma su espada que se le había caído, recoge el escudo y sin detenerse ni mirar continúa avanzando. Llega a otra puerta y encuentra un pozo que olía muy mal, y del que salía todo el ruido que se oía allí dentro: tenía de un lado al otro siete pies largos. El caballero ve el pozo negro y asqueroso en una parte y en la otra a un hombre de cabeza negra como la tinta que lanzaba llamas por la boca, con ojos que le brillaban como ascuas y dientes por el estilo. Tenía en la mano un hacha y al ver que el caballero se acerca, la empuña con las dos manos y la levanta para impedirle el paso. El caballero no encuentra el modo de entrar, pues si sólo fuera por el pozo, ya sería un paso malo para un caballero armado. Vuelve a envainar la espada, se quita el escudo del cuello y lo sujeta por las abrazaderas con la mano derecha. Retrocede al centro de la habitación y después corre lo más deprisa que puede para saltar el pozo a la vez que arroja el escudo al rostro del que sujetaba el hacha, golpeándole con tanta fuerza que el escudo se hace pedazos, aunque el otro no se mueve. Él, por su parte, salta con el impulso que llevaba y se sujeta al del hacha para no caer dentro del pozo. Se le cae a éste el hacha, pues el caballero se le ha agarrado al cuello con sus fuertes y vigorosos puños, apretándole con tanto vigor que no se puede mantener en pie y cae al suelo sin poder levantarse. El caballero lo arrastra por el cuello hasta el pozo y lo arroja dentro. Entonces vuelve a desenvainar la espada y ve delante de él a una doncella ricamente recubierta de bronce que sostiene las llaves de los encantamientos en la mano derecha. Las toma y se dirige a un pilar de bronce que había en medio de aquella habitación, y en el que lee unas letras que decían: «Abre aquí la llave grande y la pequeña abre el cofre peligroso».