Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago A continuación, Héctor vuelve a pedir el escudo, toma una lanza de las que lleva el otro escudero y pide permiso a su amiga, y entra el primero en la calzada picando espuelas al caballo: golpea a uno de los caballeros y lo derriba al suelo; pero mientras tanto, otro caballero le sujeta el freno y el otro le da grandes golpes con la espada sobre el yelmo, y lo mismo hacen los servidores. Héctor desenvaina la espada, y le da un tajo en la mano al que le está sujetando el freno, de forma que lo deja tullido; luego se dirige contra el tercer caballero: le alcanza en mitad del rostro, hundiéndole la espada hasta las orejas, y haciéndole caer. Los demás se dan por vencidos al ver semejante tajo y huyen rápidamente. Los persigue un rato; después vuelve a su camino, y se quita el escudo y el yelmo, pues era época de calor. Mi señor Galván lo contempla y lo estima mucho en su corazón, tanto como puede estimarse a un hombre discreto, cortés y valiente.
Siguieron cabalgando hasta que cayó la hora de nona. En ese momento se encontraban cerca de un puentecillo que cruza un riachuelo por el que tenían que pasar. Al otro lado del puente vieron a un caballero armado, con el yelmo en la cabeza, el escudo al cuello, la lanza en la mano, y acompañado por lo menos por treinta servidores que tenían lorigones, lanzas y espadas como si fueran gentes de baja condición. Al verlos, el enano le dice a Héctor: