Historia de Lanzarote del Lago

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—Buen y dulce señor, quienquiera que seáis, parecéis de elevada condición tanto por vuestro aspecto como por vuestro comportamiento. He aquí a dos de los mejores lebreles que he tenido en toda mi vida: os ruego que aceptéis uno, y que Dios os haga crecer y os dé buen juicio, que guarde a nuestro señor —si sigue vivo— y tenga piedad del alma del noble que os engendró.

El niño, al oír hablar de la calidad de los lebreles se alegra mucho y dice que no renunciará al perro y que con gusto le corresponderá, cuando pueda, «pero dadme el mejor», añade.

El vasallo le entrega la cadena y lo da por bien empleado.

Con esto, se encomiendan a Dios, el niño se va por un lado y el vasallo por otro, sin dejar de pensar en él. No había transcurrido mucho tiempo, cuando el niño se encontró a su maestro y a tres de sus compañeros; extrañados le preguntaron por su flaco rocín y por los dos perros, y por qué llevaba el arco al cuello y el carcaj en la cintura; él —a todo esto— había espoleado tanto al rocín que llevaba la sangre hasta la pantorrilla. El maestro le pregunta entonces qué le había ocurrido a su montura, y él responde que la había perdido.

—¿Dónde habéis cogido este rocín?

—Me lo han dado.


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