La busqueda del santo Grial

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—Bien lo sé —le contesta—; y bien lo debo saber, pues yo soy vuestra tía y vos mi sobrino, y no lo dudéis, aunque me veáis en un pobre lugar; sabed que en verdad yo soy aquella que se llamaba antaño reina de la Tierra Devastada, y me visteis en distinta situación de la que ahora estoy, pues yo era una de las damas más ricas del mundo. Sin embargo, aquella riqueza nunca me agradó tanto ni me gustó como esta pobreza en la que ahora estoy.

Cuando Perceval oyó estas palabras, comenzó a llorar de la piedad que tuvo; se acordó de cuando la conoció y entonces se sentó ante ella pidiéndole noticias de su madre y de sus parientes.

—¿Cómo, buen sobrino? ¿No sabéis ninguna noticia de vuestra madre?

—Ciertamente, señora, no; no sé si está viva o muerta, pero muchas veces se me ha comunicado en sueños que ella debía quejarse más de mí que alabarme, pues casi la había maltratado.

Cuando la dama oyó estas palabras le respondió, cabizbaja y meditabunda:

—Ciertamente, habéis faltado a vuestra madre y no sólo en sueños; ella murió en cuanto os fuisteis a la corte del rey Arturo.

—¡Señora! ¿Cómo fue eso?


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