La busqueda del santo Grial

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Montan Lanzarote y la doncella y se marchan sin más despedidas y sin más compañía que un escudero que había venido con la doncella. Cuando salen de Camaloc, cabalgan sin detenerse hasta que llegan al bosque. Toman el gran camino y avanzan más de media legua, hasta llegar a un valle. Entonces contemplan ante ellos, perpendicular al camino, una abadía de monjas: la doncella se dirige hacia allá en cuanto se ha acercado un poco. Al llegar a la puerta, llama el escudero, les abren, descabalgan y entran. En cuanto supieron los de dentro que Lanzarote había llegado, corren todos a su encuentro expresándole una gran alegría. Lo llevaron a una habitación, donde fue desarmado: allí vio acostados sobre sendos lechos a sus primos Boores y Lionel. Se sorprende. Los despierta, y cuando éstos lo ven, lo abrazan y besan con gran alegría para todos.

—Noble señor —dice Boores a Lanzarote—, ¿qué aventura os ha traído aquí? Pensábamos encontraros en Camaloc.

Él les cuenta cómo una doncella le ha llevado allí, pero no sabe aún por qué.

Mientras hablaban así, entraron tres monjas que iban detrás de Galaz, muchacho tan hermoso y tan bien proporcionado en todos sus miembros que apenas encontraréis otro semejante en el mundo. La que era más alta dama lo llevaba por la mano y lloraba muy tiernamente. Al llegar ante Lanzarote, le dijo:


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