La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial —Vos habéis venido a escuchar —le contesta el criado—, pues no conseguiréis ninguna otra ventaja de ello. SolÃais ser la flor de la caballerÃa terrena. ¡Desdichado! Bien os habéis dejado embrujar por aquella que ni os ama ni os toma, sino que, como a una cosa insignificante y pequeña, os ha vuelto de tal forma que habéis perdido la alegrÃa de los cielos y la compañÃa de los ángeles, todos los honores terrestres y habéis venido a recibir toda clase de vergüenzas.
Lanzarote no se atreve a responder, pues siente tanta congoja que preferirÃa estar muerto. El criado le va lacerando y avergonzando, diciéndole las mayores villanÃas que puede; él escucha todo el tiempo como el que está apresado y no se atreve más que a mirar. Y cuando el criado se cansa de decir lo que quiere y ve que no le responde, se aleja de allà continuando por su camino. Lanzarote no lo mira, sino que se marcha llorando, sollozando y rogando a Nuestro Señor que lo vuelva a un camino que le resulte provechoso para su alma, pues ve bien que ha cometido tantos errores en esta vida y que ha servido tan mal a su Creador que, si la misericordia de Nuestro Señor no es muy grande, no podrá nunca encontrar el perdón. Mientras pensaba en esto, el camino que tiene delante se le va haciendo más agradable.