La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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—¡Ay!, señor —dice Melián—, ése es el que me ha matado, pero, por Dios, guardaos de él.

Galaz no contesta una palabra, sino que se va contra el caballero que se dirigía hacia él con gran rapidez. Como venía muy deprisa, no logra encontrarlo, pero Galaz le hiere tan duramente que le mete la lanza por en medio del hombro, lo abate junto con su caballo y quiebra la lanza: Galaz resuelve así el combate. Cuando se volvía, ve venir a otro caballero armado que le grita:

—Señor caballero, ¡dejadme el caballo!

Le ataca bajando la lanza, que le rompe contra el escudo, pero no logra moverlo de la silla. Galaz le corta el puño izquierdo con la lanza y al sentirse herido, se da a la fuga, pues teme morir; Galaz no lo persigue, como quien piensa no hacerle más daño del que ya ha recibido; se vuelve hacia Melián y no mira más al caballero que había derribado.

Pregunta a Melián qué quiere que le haga, pues por él hará todo lo que pueda.

—Señor, si pudiera cabalgar, querría que me pusieseis ante vos y que me llevaseis a una abadía que hay cerca de aquí, pues bien sé que si estuviera allí, intentaría por todos los medios curarme.

Le contesta que lo hará con gusto.

—Pero pienso —continúa Galaz— que será mejor que os quite antes ese hierro.


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