La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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—¡Ay!, señor —le responde—, yo no trataría ese asunto hasta después de confesar, pues temo morir cuando me lo saquen. Pero llevadme.

Entonces lo toma con todo el cuidado que puede y lo coloca delante de él, abrazándolo para que no caiga, pues lo ve muy débil. Emprenden la marcha y vagan hasta llegar a una abadía.

Cuando estuvieron a la puerta, llamaron. Los frailes, que eran hombres de bien, les abrieron, recibiéndolos con deferencia y llevando a Melián a una habitación tranquila. Después de quitarse el yelmo, pidió a su Salvador y se lo trajeron; confesó, dio gracias y, entonces, recibió el Corpus Domini. Tras comulgar, dijo a Galaz:

—Señor, venga ahora la muerte, pues ya estoy bien preparado contra ella. Ahora podéis intentar extraer el hierro de mi cuerpo.

Galaz coge la punta y la saca fuera con toda el asta y el herido se desmaya del dolor. Galaz pregunta si allí hay alguien que sepa curar las heridas del caballero y le responden que sí. Hacen venir a un monje anciano que había sido caballero y le enseñan la herida. Él la contempla y dice que en un mes lo dejará sano. Galaz se alegra mucho con esta noticia; se hace desarmar y dice que permanecerá allí todo el día y la mañana siguiente hasta saber si Melián podrá sanar.


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