La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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Hablaron mucho aquella noche el hombre bueno y los dos caballeros acerca de las aventuras del Santo Grial. Galaz se lo rogó tanto a Melián, que éste acabó dándole permiso para que se fuera a la hora que quisiera. Y puesto que se lo había otorgado, le dijo que se iría. Por la mañana, tan pronto como Galaz hubo oído misa, se armó y encomendando a Dios a Melián, se fue y cabalgó muchas jornadas sin encontrar aventuras dignas de mención. Pero un día salió de casa de un vasallo sin haber oído misa y erró hasta llegar a una alta montaña, en la que había una vieja capilla. Se dirigió a aquel lugar para oír misa, pues no quería dejar de asistir un día al servicio de Dios. Cuando llego allí, no encontró ni un alma, todo estaba desolado; no obstante, se arrodilló y rogó a Nuestro Señor que le aconsejara. Al terminar su oración, le dijo una voz: «Escucha, caballero venturoso, vete al Castillo de las Doncellas y acaba con las malas costumbres que hay allí».

Al oír esto, da gracias a Nuestro Señor por haberle enviado su mensaje; monta inmediatamente y se va. A lo lejos ve, en un valle, un castillo, fuerte y bien situado; corre por medio un gran río, rápido, llamado Severn. Se dirige hacia allí y cuando ya está más cerca, se encuentra con un anciano pobremente vestido, que le saluda con afabilidad. Galaz le devuelve el saludo y le pregunta cómo se llama el castillo.


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