La canción de Rolando

La canción de Rolando

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—¡Ved el orgullo de Francia, la celebrada! El emperador cabalga lleno de soberbia. Forma la retaguardia con esos ancianos que ostentan sobre las armaduras sus barbas tan blancas como nieve sobre hielo. Éstos darán recios golpes con sus espadas y sus lanzas. Tendremos una batalla dura y encarnizada; nunca se verá otra semejante.

Al frente de sus mesnadas, más lejos de lo que se podría arrojar una vara pelada, cabalga Baligán, gritando:

—¡Vamos, sarracenos, que yo os señalaré el camino! Enarbola su pica, cuya punta dirige hacia Carlos.

CCXXXIX

CARLOS EL GRANDE, cuando ve el emir y el dragón, la enseña y el estandarte, y cuán poderosa es la hueste de los árabes, y cómo cubren toda la comarca menos el terreno en que se mantiene, exclama con sonora voz, el rey de Francia:

—Barones francos, sois buenos vasallos; ¡en tantas grandes batallas habéis lidiado! Ved los infieles: son felones y cobardes. Su ley no vale un dinero. Si esta turba es numerosa, ¿qué nos importa, señores? Aquel que no quiera seguirme al instante, ¡que se vaya!

Después clava las espuelas en su corcel. Tencedor da cuatro brincos y dicen los franceses:

—¡Este rey es un bravo! ¡Cabalgad, barones, ninguno de nosotros habrá de faltarle!


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