La canción de Rolando
La canción de Rolando Los dos se reconocen por sus voces altas y claras. En medio del campo se topan y se desafían, cambiando recios golpes de pica sobre sus adargas adornadas con círculos. Ambos parten la del adversario por debajo de los anchos brazales; los faldones de las dos cotas se desgarran, pero los combatientes no reciben herida en su carne. Se rompen las cinchas, resbalan las sillas y caen ambos reyes. En el suelo, se incorporan con presteza y desnudan intrépidamente sus espadas. Nadie habrá de interponerse en este combate; no podrá tener término hasta que no perezca uno de los dos hombres.
CARLOS, el de la dulce Francia, es de singular bravura, y el emir no le tiembla ni se atemoriza. Enarbolan sus espadas desnudas y descargan sobre sus escudos recias estocadas. Parten los cueros y las maderas, que son dobles; los clavos se desprenden, los brazales vuelan en pedazos. Después, a cuerpo limpio, se golpean sobre sus corazas. De sus yelmos claros salen chispas. No ha de terminar esta lucha sin que uno de los dos reconozca su error.
DICE EL emir:
—¡Carlos, vuelve en ti! ¡Resígnate a mostrarme tu arrepentimiento! En verdad, has dado muerte a mi hijo y es gran injusticia que quieras despojarme de mi tierra. Conviértete en mi vasallo y ríndeme pleitesía, y ven después conmigo a Oriente para servirme.
Y responde Carlos: