La canción de Rolando

La canción de Rolando

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—A fe que sería cometer gran villanía. No debo otorgar a un infiel ni paz ni amor. Acepta la ley que nos rebeló Dios, la ley cristiana: de este modo te amaré al instante. Después confiesa y sirve al rey Todopoderoso.

—¡Mal sermón me estás predicando! —dice Baligán. Y seguidamente reanudan su lucha con la espada.

CCLXI

EL EMIR es de gran vigor. Hiere a Carlomagno sobre su yelmo de acero oscuro, lo quiebra sobre su cabeza y lo hiende. La hoja penetra hasta la cabellera y corta un palmo entero de carne, o más; el hueso queda al descubierto. Carlos se tambalea y por poco cae a tierra. Pero Dios no quiere que sea muerto ni vencido. San Gabriel retorna hacia él y le pregunta:

—Rey magno, ¿qué haces?

CCLXII

CUANDO Carlos escucha la santa voz del ángel, desecha todo temor; sabe que no habrá de perecer. Al momento recobra vigor y discernimiento. Golpea al emir con la espada de Francia. Le parte el yelmo, en el que fulguran las gemas, le abre el cráneo, derramándole los sesos y, luego de hendirle la cabeza toda hasta la barba blanca, lo derriba muerto sin esperanza.

¡Montjoie! —grita después, para reunir a sus hombres. Al oírlo, acude el duque Naimón; sujeta a Tencedor y el monarca lo monta nuevamente. Los infieles se dan a la fuga. Dios no quiere que puedan resistir. Al fin alcanzaron los franceses la anhelada meta.


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