La canción de Rolando

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CCLXIII

HUYEN LOS infieles, porque tal es el deseo de Dios. Los francos les dan caza, conducidos por el emperador, y éste les dice:

—Señores, vengad vuestros duelos, dad rienda suelta a vuestra ira; esclarézcanse vuestros corazones porque esta mañana he visto vuestros ojos llenos de lágrimas.

Los francos responden:

—¡Así hemos de hacerlo, señor!

Todos asestan recios mandobles, tantos como pueden. Muy pocos infieles habrán de escapar, de entre los que allí se encuentran.

CCLXIV

EL CALOR es sofocante, y se levantan nubes de polvo. Huyen los infieles, acosados por los franceses. La caza no termina hasta Zaragoza.

Abraima ha subido a lo alto de su torre, y con ella están los monjes y sacerdotes de la falsa ley, que nunca fue grata a Dios: no fueron ordenados ni ostentan tonsura. Cuando contempla la singular derrota de los árabes, exclama en alta voz:

— ¡Mahoma, acórrenos! ¡Ah, rey gentil, vencidos han sido nuestros hombres! El emir fue muerto, ¡y cuán afrentosamente!

Cuando la oye Marsil, se vuelve hacia la pared; sus ojos derraman llanto y deja caer su cabeza. Ha muerto de dolor, cargando con sus pecados. Y los demonios se llevan su alma.


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