La canción de Rolando
La canción de Rolando HUYEN LOS infieles, porque tal es el deseo de Dios. Los francos les dan caza, conducidos por el emperador, y éste les dice:
—Señores, vengad vuestros duelos, dad rienda suelta a vuestra ira; esclarézcanse vuestros corazones porque esta mañana he visto vuestros ojos llenos de lágrimas.
Los francos responden:
—¡Asà hemos de hacerlo, señor!
Todos asestan recios mandobles, tantos como pueden. Muy pocos infieles habrán de escapar, de entre los que allà se encuentran.
EL CALOR es sofocante, y se levantan nubes de polvo. Huyen los infieles, acosados por los franceses. La caza no termina hasta Zaragoza.
Abraima ha subido a lo alto de su torre, y con ella están los monjes y sacerdotes de la falsa ley, que nunca fue grata a Dios: no fueron ordenados ni ostentan tonsura. Cuando contempla la singular derrota de los árabes, exclama en alta voz:
— ¡Mahoma, acórrenos! ¡Ah, rey gentil, vencidos han sido nuestros hombres! El emir fue muerto, ¡y cuán afrentosamente!
Cuando la oye Marsil, se vuelve hacia la pared; sus ojos derraman llanto y deja caer su cabeza. Ha muerto de dolor, cargando con sus pecados. Y los demonios se llevan su alma.
