La canción de Rolando
La canción de Rolando HA RETORNADO de España el emperador. Llega a Aquisgrán, el mejor dominio de Francia. Sube al palacio y penetra en la sala. Y he aquí que sale a recibirlo Alda, una doncella de gran belleza. Dícele al rey:
—¿Dónde está Rolando, el adalid, que juró tomarme por esposa?
Carlos se siente pleno de dolor y pesadumbre. Llora y se mesa la barba blanca, y responde:
—¡Hermana, amiga querida! ¿Por quién preguntas? Por un muerto. Mas yo haré por ti el mejor cambio: Luis será tu prometido. No sé qué decirte que más pueda agradarte. Es mi hijo; él será el heredero de mis dominios.
—Singulares son vuestras palabras —responde Alda—. ¡No plegué a Dios, ni a sus santos ni a sus ángeles, que sobreviva a Rolando!
Pierde el color y cae a los pies de Carlomagno. Ha muerto al instante: ¡Dios se apiade de su alma! Los barones franceses no escatiman por ella llanto y lamentaciones.