La canción de Rolando
La canción de Rolando LA NOCHE pasa, despunta el claro día. En las torres de Zaragoza, Carlos ha dejado una guarnición. Son mil caballeros de probado valor los que guardan la plaza en nombre del emperador. El monarca monta su corcel; todos sus hombres lo imitan, y también Abraima, que lleva en cautiverio; mas tan sólo bien quiere hacerle. Ya retornan, henchidos de orgullo y alegría. Ocupan Narbona por la fuerza y prosiguen su camino. Carlos llega a Burdeos; sobre el altar del barón San Severino, deposita el olifante, repleto de oro y de monedas: los peregrinos que allí van pueden verlo aún. Cruza el Girona en las grandes naves que allí encuentra. Hasta Valle ha llevado a su sobrino, y a Oliveros, su noble compañero, y al arzobispo, que fue juicioso y denodado. En blancos ataúdes mandó colocar los tres paladines; allí, en San Román, yacen los valientes. Los francos los encomiendan a Dios y a sus santos.
Por valles y montes avanza Carlos; hasta Aquisgrán no quiere detenerse. Tanto cabalga que al fin desmonta en el atrio. En cuanto llega a su real palacio, envía mensajeros a sus jueces, con orden de presentarse ante él. Llama a los bávaros, los sajones, loreneses y frisones, y también a los alemanes, los borgoñones, los del Poitou, Normandía y Bretaña, y los de Francia, que entre todos descuellan por su prudencia. Entonces da comienzo el juicio de Ganelón.
