La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Qué hombre tan maravilloso es Carlos! Conquistó Apulia y toda Calabria; ha cruzado el mar salado, obteniendo para San Pedro el tributo de Inglaterra. ¿Qué más ha de encontrar aquí, en nuestro país?
—Tal es su gusto —responde Ganelón—. Jamás alcanzará hombre alguno su valía.
—SON LOS francos hombres de gran nobleza —observa Blancandrín—. Mas causan graves males a su señor esos duques y esos condes que en tal manera lo aconsejan: lo agotan y lo pierden, y con él a los que lo rodean.
Replica Ganelón:
—Eso no reza con nadie, que yo sepa, si no es con Rolando, a quien le habrá de pesar algún día. La otra mañana, hallábase sentado a la sombra el emperador. Llegó su sobrino, cubierto con su loriga, trayendo el botín que había conquistado en Carcasona. Tenía en la mano una espléndida manzana. «Tomad, mi buen señor», díjole a su tío, «os ofrezco como presente las coronas de todos los reyes». Su orgullo habrá de perderlo, pues todos los días se brinda a la muerte como presa. ¡Venga quien lo mate! Gozaríamos entonces de una paz completa.