La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Salud, en nombre de Mahoma y de Apolo, cuyas santas leyes observamos! Dimos parte a Carlos de vuestro mensaje. Alzó ambas manos hacia los cielos y alabó a su Dios, sin responder cosa alguna. Mas os envía uno de sus nobles barones, éste que aquí veis, y que todos consideran en Francia como ilustre caballero. Él os dirá si tendremos paz o no.
—¡Que hable —responde Marsil—, lo escucharemos!
MAS EL CONDE Ganelón había estado pensándolo mucho. Comienza desplegando grandes artes, cual hombre versado en el discurso. Dícele al rey:
—¡Salud, en nombre del glorioso Dios que debemos adorar! He aquí lo que os manda decir Carlomagno, el esforzado: recibid la santa ley cristiana, y él habrá de entregaros como feudo la mitad de España. Si no os place aceptar este acuerdo, se os tomará cautivo, y encadenado de viva fuerza, seréis conducido a Aquisgrán; allí se os juzgará y pondráse fin a vuestra vida: vuestra muerte será vil y ultrajante.
Se estremece el rey Marsil. En la mano tiene un dardo, emplumado de oro: su deseo es herir, pero lo retienen.
EL REY MARSIL ha mudado de color y apresta su jabalina. Al verlo Ganelón, lleva la mano a su espada, desenvainándola la largura de dos dedos. Dice, dirigiéndose a ella:
