La canción de Rolando
La canción de Rolando EL CONDE Rolando cabalga por todo el campo. Enarbola a Durandarte, afilada y tajante. Gran matanza provoca entre los sarracenos. ¡Si lo hubierais visto arrojar muerto sobre muerto y derramar en charcos la clara sangre! Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y su buen corcel tiene rojos el pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni los doce pares, ni los francos que hieren con redoblado ardor.
Mueren los infieles, algunos desfallecen. Y el arzobispo exclama:
—¡Benditos sean nuestros barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.
OLIVEROS cabalga a través del caos reinante en el campo. El asta de su lanza se ha quebrado y sólo le queda un pedazo. Va a herir a un infiel, Malón. Le rompe el escudo, guarnecido de oro y de florones, fuera de la cabeza le hace saltar los dos ojos y se le derraman los sesos hasta los pies. Y entre los innumerables cadáveres lo derriba muerto. Después mata a Turgis y Esturgoz. Pero el asta se le ha roto y la madera se astilla hasta sus puños.
—Compañero, ¿qué hacéis? —le dice Rolando—. En una batalla como ésta, de poco me serviría un palo. Sólo valen aquí el hierro y el acero. ¿Dónde está, pues, vuestra espada, cuyo nombre es Altaclara? Tiene guarnición de oro y su pomo es de cristal.
