La canción de Rolando
La canción de Rolando LA BATALLA es prodigiosa y dura. Rolando hiere sin descanso, y con él Oliveros. El arzobispo dio ya más de mil golpes y no le van en zaga los doce pares, ni los franceses que juntos atacan. Por centenas y miles mueren los paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará luego escapatoria: quiéralo o no, dejará allí su vida. Los francos van perdiendo su mejores puntales. No volverán a ver a sus padres y parientes, ni a Carlomagno que los espera en los desfiladeros. En Francia se levanta una extraña tormenta, una tempestad cargada de truenos y de viento, de lluvia y granizo, desmesuradamente. Caen los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y se estremece la tierra. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde Besanzón hasta el puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes resquebrajadas. Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna claridad, salvo cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el espanto. Algunos dicen:
—¡Esto es la consumación de los tiempos, ha llegado el fin del mundo!
Pero ellos nada saben, no son ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la muerte de Rolando.
LOS FRANCESES han combatido con entereza, firmemente. Han perecido multitudes de infieles, por millares. Apenas lograron salvarse dos sobre los cien mil que se habían juntado. Y dice el arzobispo: