La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Es el olifante de Rolando! ¡No lo tocarÃa si no estuviese en trance de batalla!
—¡No hay tal batalla! —responde Ganelón—. Sois ya viejo, vuestras sienes están blancas y floridas; por vuestras palabras parecéis un niño. Bien conocéis el gran orgullo de Rolando: es maravilla que lo haya tolerado Dios tanto tiempo. ¿No ha llegado, pues, a conquistar Noples sin esperar vuestras órdenes? Los sarracenos hicieron una salida y presentaron batalla a Rolando, el buen vasallo. Para borrar las huellas del encuentro, éste mandó inundar los prados cubiertos de sangre. Por una sola liebre se pasa el dÃa tocando el olifante. Hoy será algún juego que lleva a cabo entre sus pares. ¿Quién bajo el firmamento se atreverÃa a ofrecerle batalla? Cabalguemos, pues. ¿Por qué detenernos? Lejos, frente a nosotros, está aún la Tierra de los Padres.
EL CONDE Rolando tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y como él todos los franceses. Y dice el rey:
—¡Largo aliento tiene este olifante!
—¡Es que un valiente se emplea en ello! —responde el duque Naimón—. Estoy seguro de que ha trenzado batalla. El mismo que lo traicionó intenta ahora que faltéis a vuestro deber. Tomad las armas, clamad vuestro grito de guerra y corred en auxilio de vuestra buena mesnada. Harto lo oÃs: es Rolando que pierde esperanzas.
