La canción de Rolando

La canción de Rolando

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CXLVIII

ROLANDO mira el semblante de Oliveros: lo ve desencajado, pálido, sin color. Corre su clara sangre a los costados de su cuerpo y van cayendo los coágulos a tierra.

—¡Dios! —exclama el conde—, ¡no sé qué hacer! Señor compañero, ¡lástima grande de vuestro denuedo! Nadie habrá de igualaros jamás. ¡Ah, dulce Francia! ¡Cuan desierta quedarás sin tus mejores vasallos, humillada y vencida! ¡Gran daño sufrirá el emperador!

Y con estas palabras, se desmaya sobre su corcel.

CXLIX

HE AQUÍ a Rolando sin conocimiento sobre su montura y a Oliveros mortalmente herido. Perdió tanta sangre que se han empañado sus ojos: ya no ve, ni de lejos ni de cerca, para reconocer a nadie. Al aproximarse a su compañero, lo golpea sobre el yelmo cubierto de oro y de piedras preciosas, y se lo parte hasta el nasal, mas sin herirle la cabeza. Ante la acometida, Rolando vuelve hacia él sus ojos y le pregunta con dulzura y afecto:

—Señor compañero, ¿sabéis lo que estáis haciendo? ¡Soy yo, Rolando, aquel que tanto os ama! ¡Nunca recibí vuestro reto!

—Oigo ahora vuestra voz —responde Oliveros—. Mas no os ven mis ojos: ¡plegué a Dios, nuestro Señor, no apartar de vos los suyos! Os he herido, perdonádmelo.


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