La canción de Rolando
La canción de Rolando —Oliveros, gentil compañero, hijo erais del duque Raniero, soberano de la marca del Val de Runer. Para quebrar una lanza y romper los escudos, para vencer y humillar a los soberbios, para sostener y aconsejar a los hombres de bien, ¡no hubo en toda la tierra adalid que os aventajara!
CUANDO EL conde Rolando ve muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba, se enternece y prorrumpe en llanto. Su semblante pierde el color. Tan grande es su duelo que no pueden sostenerlo sus piernas: quiéralo o no, cao por tierra privado de sentido.
—¡Lástima de vos, barón! —dice el arzobispo.
AL CONTEMPLAR desmayado a Rolando, un dolor, el más profundo que jamás haya sentido, invade al arzobispo. Extiende la mano y toma el olifante. Hay una corriente de agua en Roncesvalles: quiere llegar hasta ella y traerle un poco a Rolando. Se aleja a pasos cortos, vacilantes. Tan débil se encuentra que no puede avanzar. Flaquean sus fuerzas, ha perdido demasiada sangre; en menos tiempo del que necesita para atravesar un arpende de tierra, le falla el corazón y cae de cabeza. La muerte lo oprime con dureza.