La leyenda de Yurupary
La leyenda de Yurupary —¡Están todavía tan impacientes que hasta tienen la osadía de interrogarme! Me creen embustero sabiendo que soy payé y que lo veo todo por medio de la imaginación.
Y con todas las mujeres fue a bañarse en las aguas del lago, de donde cada una volvió con una sonrisa en los labios y una esperanza en el corazón.
—Ahora, —dijo el payé—, cada una lleva en sus entrañas el germen de la vida.
En verdad, todas estaban en estado de gravidez: él las había fecundado sin que ellas siquiera lo sospecharan.
Hecho esto, el viejo payé, con una agilidad rara para su edad, trepó a la Sierra de Duba. Llegado allí lanzó un grito prolongado:
—éééé… y se precipitó en el lago, cuya superficie quedó cubierta de un polvo blanco. Era el polvo con el cual el payé, que no era viejo como parecía, había ocultado su juventud.
Seucy también estaba zambulléndose en el lago, dejando como huella de su paso por el azul del cielo una senda casi blanca sembrada de pequeñas estrellas.
Las mujeres, colmadas de dicha, comentaban entre sí el feliz suceso, olvidándose de que ellas también habían tenido parte en él.