La Perla numero 11
La Perla numero 11 Pero tan intensas eran nuestras pasiones que apenas nos dimos cuenta de todo, hasta que de nuevo sentí cómo ella se movía con el nabo dentro. ¡Qué delicia! ¡Qué calidez tan voluptuosa me llenó todo el cuerpo! ¡Con qué exquisitez sus saltarinas nalgas respondían a todos mis movimientos! La diablesa de Celestine jugaba con mis grandes cojones, que seguían golpeando las nalgas de mi oponente.
Era demasiado. Le llegué hasta las entrañas, donde me quedé resollando y temblando sobre tus tetas, mientras ella gritaba:
—¡Oh, cielos! ¡Métemela más! ¡Me corro, me corro! ¡Oh, oh, Dios, me muero! ¡Oh, querido, qué gus..., qué gusta..., qué gustazo!
Casi me desmayo. Los deliciosos temblores de sus nalgas, las contracciones de su coño, me chuparon hasta la última gota de leche.
Cuando se hubo recuperado del delirio en que la habían hundido sus sentidos se quedó descansando, mientras los ojos le brillaban, con los labios separados y la punta de la rosada lengua ligeramente sobresaliéndole entre dos filas de perlas: el verdadero retrato del placer voluptuoso. Tanta leche le había echado en el coño y con tanto gusto había ella mezclado su esencia con la mía, que cuando le saqué la polla la corriente perlada saltó y empezó a correrle por los muslos.