La Perla numero 11

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Les cogí los rosados pezones de los palpitantes y níveos senos, que, desdeñando el uso de los corsés, descansaban sobre sus pechos, como globos de alabastro, y se los chupé. Las apretaba contra mí, uniendo sus suaves vientres. Las besé sin parar por todas partes. Les besé los coños velludos, donde los pelos cubrían sus encantadoras rajas, y cuyos labios cerraban las carnosas hendiduras. Yo estaba que echaba fuego. ¡Me quemaba! La cama nos recibió. Quería acabar en seguida, pero no, me querían volver loco antes de que pudiera follármelas.

Celestine me cogió la polla, pero como no podía metérsela, y determinada a no perderla bajo ninguna condición, se la metió en la boca y empezó a chuparme el glorioso capullo. Me pasaba la lengua por el frenillo y en la boca trataba de hundírmela. Me volvía loco, yo deliraba. Tras esto, y sin poderme contener más, me eché sobre Caroline, que me recibió con las piernas abiertas y sus brazos. Le metí la fiera polla en su horno, que estuvo a punto de consumirlo. Se la saqué y metí unas pocas veces y al fin le llegué hasta las entrañas; un grito de éxtasis y placer escapó de los dos al mismo tiempo y todo acabó de golpe.


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