La Perla numero 11
La Perla numero 11 Tuve un poco de respiro, aunque en seguida me sentí renacer el vigor gracias a las caricias de Celestine, cuyo avaricioso coñito boqueaba pidiendo una picha grande y durísima, cosa que trataba de lograr con la mía, que manoseaba y toqueteaba, pues era la única forma de que consiguiese su gusto.
Todo el cuerpo le resplandecía con un calor intenso, tan voluptuoso que llenaba todo el sitio. Ardía, y me llenaba de su fuego que la consumía hasta las mismas entrañas. Por fin, el nabo se me puso duro y gordo, con su capullo erecto, impaciente por follar.
Le doy rienda suelta, y se hunde en su impetuosa carrera hacia delante: se la meto, se la meto, se la meto, cada vez con mayor velocidad, nada puede pararme. Y sigue entrando, entrando, corriendo, y no se detendrá hasta que haya ganado la carrera. Entra, sale, y de pronto el capullo arroja y lanza un chorro de leche, salpicando y llenando todo el curso de la carrera con líquido tan precioso. Ya ha acabado todo, unos cuantos esfuerzos más, unas cuantas convulsiones más y todo ha terminado. Me quedó casi sin aliento sobre las palpitantes tetas de Celestine.
Después de joder ocho veces con mis dos amores, nos dormimos, sólo para despertarnos y entregarnos a nuevos placeres.