Las mil y una noches segun Galland

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Es cierto que el mago africano no era hermano de Mustafá el sastre, como había fingido ser, ni, en consecuencia, tío de Aladino. Sí era realmente de África, donde había nacido; y como África es un país en el que existe una afición a la magia mayor que en cualquier otro, a ella se dedicó desde su juventud, y, tras cuarenta años o más de encantamientos, operaciones de geomancia, sufumigaciones y lectura de libros de magia, había llegado finalmente a descubrir que había en el mundo una lámpara maravillosa cuya posesión lo volvería más poderoso que ningún monarca del universo, si lograba apoderarse de ella. Mediante una última operación de geomancia, había sabido que la lámpara se encontraba en un lugar subterráneo en medio de la China, en el sitio y con todas las circunstancias que acabamos de describir. Convencido de la verdad de este descubrimiento, había partido desde un extremo de África, como hemos dicho, y, tras un largo y penoso viaje, había llegado a la ciudad que estaba tan cerca del tesoro; pero, aunque la lámpara estuviese ciertamente en el lugar que él conocía, no le estaba permitido sin embargo llevársela él mismo, ni entrar en persona en el subterráneo en que se hallaba. Era preciso que otro bajase, fuese a cogerla y se la pusiese entre las manos. Por esta razón se había dirigido a Aladino, que le había parecido un muchacho sin importancia, idóneo para el servicio que esperaba de él; y estaba decidido, después de apoderarse de la lámpara, a hacer el último sahumerio, al que nos hemos referido, y pronunciar las dos palabras mágicas que debían causar el efecto que hemos visto, y sacrificar al pobre Aladino a su avaricia y a su maldad, eliminando al único testigo de su acción. El bofetón dado a Aladino y la autoridad que había cobrado sobre él no tenían otro objetivo que el de acostumbrarlo a temerlo y a obedecerlo al pie de la letra, a fin de que, cuando le pidiera la famosa lámpara mágica, se la diese en el acto; pero le sucedió todo lo contrario de lo que se había propuesto. Finalmente, recurrió con tanta precipitación a su maldad para perder al pobre Aladino porque temía que, si permanecía discutiendo más tiempo con él, alguien llegase a oírlos e hiciese público lo que quería tener oculto a toda costa.


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