Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Así cargado de tantas riquezas sin saberlo, Aladino reanudó diligentemente el camino de las tres salas, a fin de no hacer esperar demasiado tiempo al mago africano, y, tras haberlas atravesado con las mismas precauciones que antes, volvió a subir por donde había bajado y se presentó en la entrada de la cueva, donde el mago africano lo esperaba con impaciencia. Apenas Aladino lo vio: «Tío», le dijo, «te ruego que me des la mano para ayudarme a subir.» El mago africano le dijo: «Hijo mío, dame antes la lámpara; podría estorbarte.» «Perdóname, tío», respondió Aladino, «pero no me estorba; te la daré cuando haya subido.» El mago africano se obstinó en querer que Aladino le pusiese la lámpara entre las manos antes de sacarlo de la cueva, y Aladino, que tenía la lámpara envuelta en sus vestidos, junto con todos los frutos de los que se había provisto, se negó en redondo a dársela antes de salir de la cueva. Entonces el mago africano, desesperado ante la resistencia del joven, fue presa de un espantoso acceso de furia: vertió un poco de su perfume sobre el fuego que había tenido cuidado de mantener encendido, y, apenas hubo pronunciado dos palabras mágicas, la piedra que servía para cerrar la entrada de la cueva tornó por sí misma a su lugar, con la tierra por encima, en el mismo estado en que se encontraba a la llegada del mago africano y de Aladino.