Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Aladino saltó ágilmente dentro de la cueva y descendió hasta el final de los escalones: encontró las tres salas cuya descripción le había hecho el mago africano. Pasó a través de ellas con extrema precaución, sabiendo que moriría en el acto si no observaba cuidadosamente lo que le había sido prescrito. Atravesó el jardín sin detenerse, subió a la terraza, cogió la lámpara encendida en el nicho, tiró el pabilo y el líquido y, viendo la lámpara sin humedad alguna como le había dicho el mago, la introdujo en su seno; bajó de la terraza y se detuvo en el jardín a contemplar los frutos que antes no había visto más que de pasada. Los árboles de aquel jardín estaban cargados a rebosar de frutos extraordinarios. Cada árbol los tenía de diferentes colores: los había blancos, relucientes y transparentes como el cristal; rojos, algunos más cargados, otros menos; verdes, azules, violetas, tirando a amarillos y de muchos otros colores. Los blancos eran perlas; los relucientes y transparentes, diamantes; los rojos más oscuros, rubíes; los otros menos oscuros, granates; los verdes, esmeraldas; los azules, turquesas, y los violetas, amatistas; los que tiraban a amarillo, zafiros; y así los demás; y aquellos frutos eran todos de un tamaño y de una perfección que no tenía igual en el mundo. Aladino, que no conocía su mérito ni su valor, no se inmutó a la vista de semejantes frutos, que no eran de su gusto como lo hubiesen sido los higos, las uvas y otras excelentes frutas que son comunes en la China. No estaba tampoco en edad de conocer su precio; imaginó que todos aquellos frutos no eran más que vidrio coloreado y que nada valían. La diversidad de tantos hermosos colores, sin embargo, la belleza y tamaño extraordinarios de cada fruto, le dieron gana de coger algunos de cada tipo. En efecto, tomó varios de cada color y llenó con ellos sus dos bolsillos y dos bolsas nuevas que el mago le había comprado con el vestido que le había regalado, para que todo lo que llevara fuese nuevo; y como las dos bolsas no cabían en sus bolsillos, que estaban ya repletos, se las colgó a uno y otro lado del cinto; e incluso envolvió frutos en los pliegues del cinto, que era una amplia y larga tira de seda, y los acomodó de manera que no pudiesen caer; y no olvidó meterse algunos en el seno, entre el vestido y la camisa.