Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Durante la comida, la madre de Aladino no se cansaba de mirar y admirar la fuente y los platos, aunque no supiese con exactitud si eran de plata o de otro metal: tan poco acostumbrada estaba a ver cosas parecidas; y a decir verdad, sin reparar en su valor, que le era desconocido, era la novedad de lo que veía lo que suscitaba su admiración; y su hijo Aladino desconocía también el gran valor de la vajilla.
Aladino y su madre, que no creían hacer más que un simple desayuno, se encontraban todavía en la mesa a la hora de comer: manjares tan excelentes les habían estimulado el apetito; y, mientras las viandas se conservaban calientes, creyeron que no obrarían mal juntando las dos comidas en una. Terminado el doble almuerzo, les quedó no sólo con qué cenar, sino también lo suficiente para hacer otras dos comidas igualmente abundantes al día siguiente.
Cuando la madre de Aladino hubo quitado la mesa y puesto aparte los manjares que no habían tocado, fue a sentarse en el sofá junto a su hijo. «Aladino», le dijo, «espero que satisfagas mi curiosidad de oír la explicación que me has prometido.» Aladino le contó exactamente todo lo que había sucedido entre él y el genio durante su desvanecimiento, hasta el momento en que ella volvió en sí.