Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Todo sucedió tan rápidamente que la madre de Aladino no había vuelto todavía en sí de su desvanecimiento cuando el genio desapareció por segunda vez. Aladino, que había ya empezado a arrojarle agua sobre el rostro sin resultado, se disponía a proseguir su intento de reanimarla; pero, sea que los espíritus que se habían disipado se hubiesen por fin reunido, sea que el aroma de los manjares que el genio acababa de traer contribuyese de algún modo a ello, lo cierto es que volvió en sí en aquel momento. «Madre mía», le dijo Aladino, «eso no es nada; levántate y ven a comer: he aquí con qué tranquilizar tu alma y, al mismo tiempo, satisfacer la gran necesidad que tengo de comer. No dejemos que se enfríen tan buenos manjares, y comamos.»
La madre de Aladino se quedó atónita al ver la gran fuente, los doce platos, los seis panes, las dos botellas y las dos tazas, y cuando percibió el delicioso aroma que exhalaban todos los platos. «Hijo mío», preguntó a Aladino, «¿de dónde nos llega esta abundancia y a quién debemos semejante largueza? ¿Acaso el sultán ha tenido conocimiento de nuestra pobreza y se ha compadecido de nosotros?». «Madre mía», respondió Aladino, «sentémonos a la mesa y comamos, que tú tendrás tanta necesidad de ello como yo. Te lo diré cuando hayamos desayunado.» Se sentaron a la mesa y comieron con apetito, tanto más cuanto que madre e hijo no se habían encontrado jamás ante una mesa tan bien provista.