Las mil y una noches segun Galland

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«Madre mía, con tu permiso», respondió Aladino, «me guardaré mucho de vender, como estaba a punto de hacer, una lámpara que va a sernos tan útil, a ti y a mí. ¿No ves lo que acaba de proporcionarnos? Debe continuar proveyéndonos de cuanto necesitemos para vivir. Has de convenir conmigo en que tenía sus razones mi falso y malvado tío para imponerse tantas fatigas y emprender un viaje tan largo y penoso con el único objeto de apoderarse de esta lámpara maravillosa, que él prefería a todo el oro y la plata de las salas que he visto con mis propios ojos, como él me había anticipado. Conocía demasiado bien el mérito y el valor de esta lámpara para no interesarse en absoluto por un tesoro tan rico. Ya que el azar nos ha hecho descubrir sus propiedades, hagamos de ella un uso que nos sea ventajoso, pero de manera discreta y que no nos atraiga la envidia y los celos de nuestros vecinos. Por supuesto que la quitaré de tu vista y la pondré en un lugar en que pueda encontrarla cuando tenga necesidad de ella, ya que los genios te dan tanto miedo. En lo que concierne al anillo, no sería tampoco capaz de tirarlo: sin este anillo, no me habrías vuelto a ver nunca; y, si todavía estaba vivo a la hora que es, no sería tal vez más que por unos instantes. Me permitirás, pues, guardarlo y llevarlo siempre en el dedo con el mayor cuidado. ¿Quién sabe si me encontraré en algún otro peligro que ni tú ni yo podemos prever y servirá para librarme de él?». Como el razonamiento de Aladino parecía bastante justo, su madre no tuvo nada que objetar. «Hijo mío», le dijo, «puedes obrar como te parezca; en cuanto a mí, no quiero tener relación alguna con genios. Te declaro que me lavo las manos y que no te hablaré del tema más.»


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