Las mil y una noches segun Galland

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En este período, Aladino, que no dejaba de asistir con asiduidad a reuniones de personas distinguidas en las tiendas de los más importantes mercaderes de paños de oro y de plata, de sederías, de las más finas telas y de joyas, y que participaba algunas veces en sus conversaciones, completó su formación y asumió insensiblemente todas las maneras de la gente educada. Fue entre los joyeros, en particular, donde comprendió que era falsa la idea de que los frutos transparentes que había cogido en el jardín adonde había ido en busca de la lámpara no eran más que vidrio coloreado, y aprendió que se trataba de piedras de gran precio. A fuerza de ver vender y comprar todo tipo de piedras similares en sus establecimientos, llegó a conocerlas y a estimar su valor; y como no veía ninguna comparable a las suyas ni en belleza ni en tamaño, comprendió que, en lugar de trozos de vidrio que había considerado bagatelas, poseía un tesoro inestimable. Tuvo la prudencia de no hablar de ello a nadie, ni siquiera a su madre; y no hay duda de que su silencio le valió la gran fortuna que obtuvo luego, como vamos a ver.

Un día, paseando por un barrio de la ciudad, Aladino oyó pregonar una orden del sultán que mandaba cerrar las tiendas y las puertas de las casas y no salir a la calle hasta que la princesa Badrulbudur hubiera pasado para ir a los baños y hasta que hubiese vuelto.


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