Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Apenas operado el cambio maravilloso, se apresuró la hechicera a ir al palacio a alcanzar el premio ofrecido.

—Acercaos —le dijo el Sultán.

La maga se acercó, en efecto.

—No es suficiente aún; acercaos más.

El Sultán entonces se levantó bruscamente de su asiento, y de un vigoroso sablazo le cortó la cabeza antes que la pérfida mujer tuviera tiempo de defenderse. El Sultán dejó allí el cadáver y fué en busca del Príncipe, a quien, abrazándole, manifestó que nada tenía que temer, porque su criminal esposa ya no existía.

—Podéis —añadió— vivir tranquilo en vuestra capital, a menos que queráis venir a la mía, que está inmediata.

—¡Poderoso monarca —exclamó el Príncipe—, a quien soy deudor de tan inmensos beneficios! Vuestra capital no está cerca como creéis; para llegar a ella se necesita un año entero de viaje, por más que vos hayáis, venido aquí en cuatro o cinco horas.

Desde que mi corte salió del desencanto, las cosas han cambiado mucho, lo cual no impedirá seguiros aunque sea hasta los confines de la tierra. Sois mi libertador, y con objeto de demostraros mi reconocimiento por toda la vida, os voy a acompañar, abandonando mi reino sin pesar alguno.


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