Las mil y una noches
Las mil y una noches La hechicera salió en seguida del Palacio de las Lágrimas, tomó una taza de agua y pronunció sobre ella ciertas palabras mágicas, después de lo cual fué al aposento donde se hallaba su esposo y la derramó sobre él.
El Príncipe se levantó entonces, tal como era antes de su encantamiento y, lleno de júbilo, se postró en tierra para dar gracias a Dios.
La hechicera volvió al Palacio de las Lágrimas, y en la creencia de que era el negro a quien hablaba, exclamó:
—Amado mío, ya he hecho lo que deseabas. ¿Me negarás ahora el consuelo de que tanto tiempo me has tenido privada?
El Sultán replicó:
—Todavía falta algo para que me cure por completo; hasta ahora sólo he recobrado el habla y la seguridad de poder dormir. Ve, pues, a poner la ciudad en su prístino estado, y cuando vuelvas, hecho esto, me darás la mano y, con tu ayuda, me levantaré enteramente sano.
Llena de esperanza, salió la hechicera. Cuando estuvo a la orilla del estanque, tomó un poco de agua en el hueco de la mano, profirió las palabras mágicas, hizo una aspersión, y al punto reapareció la ciudad en todo su esplendor, trocándose los peces en hombres, mujeres y niños, mahometanos, cristianos, persas y hebreos.