Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Ah, mi sol, mi vida! —comenzó diciendo—. ¿Todavía guardas silencio? ¿Persistes en tu propósito de dejarme morir sin el consuelo de oírte decir que me amas? ¡Alma mía, dime algo, aunque sólo sea una palabra, te lo suplico!

Entonces el Sultán, fingiendo despertar de un sueño profundo, dijo con voz opaca:

—Todo el poder reside en Alá, que es omnipotente.

Al oír estas palabras, que la hechicera no se esperaba, exclamó:

—Mi querido señor, ¿no me engaño? ¿Es cierto que me habéis hablado y que yo os he oído?

—¡Desgraciada! —repuso el Sultán—. ¿Eres, acaso, digna de que yo te conteste?

—¿Qué os he hecho para que así me tratéis?

—Los gritos, los lamentos y los gemidos de tu marido, a quien maltratas tan cruelmente, me impiden conciliar el sueño de día y de noche. Mucho tiempo ha que estaría yo curado y habría recobrado el uso de la palabra, si hubieses roto su encantamiento. Ya sabes, pues, la causa de mi silencio, de que tanto te quejas.

—Pues bien —repuso la hechicera—, para contentaros, estoy dispuesta a hacer todo lo que me mandéis: ¿queréis que le vuelva a su estado primitivo?

—Sí —contestó el Sultán—; así no turbará mi sueño.


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