Las mil y una noches
Las mil y una noches Pero no fué esto solo; no se contentó con metamorfosearme, sino que cada día viene a descargar cien vergajazos sobre mis espaldas desnudas, y cuando acaba el tormento me cubre con pelo de cabra y me pone encima esta túnica bordada para escarnecerme más aún recordándome mi pasada grandeza.
Al decir esto, el rey de las Islas Negras prorrumpió en llanto.
El Sultán le consoló lo mejor que pudo, manifestándole que había imaginado un plan para vengarlo, cuya ejecución difería para el día siguiente.
Aprobó el joven Rey el proyecto; y, como era ya noche muy avanzada, el Sultán se retiró.
Levantóse éste muy de mañana, para poner en obra sus designios, y ocultando sus vestidos en un lugar conveniente, se dirigió al Palacio de las Lágrimas, que halló espléndidamente iluminado con velas de cera blanca que despedían un olor delicioso.
Acercóse al lecho en que reposaba el negro, le mató con el alfanje que llevaba en la diestra y arrastrando el cuerpo hasta el patio, lo arrojó a un pozo.
Acto continuo echóse en la cama que aquél ocupara, y ocultando el alfanje bajo las mantas, esperó a la hechicera, que no tardó en llegar.