Las mil y una noches
Las mil y una noches —SÃ, yo fuà —la interrumpÃ, ciego por la ira—; yo fuà el que dà a este monstruo el castigo que se merecÃa, y hubiera debido, hacer contigo lo mismo. Ahora me arrepiento de mi compasión excesiva, pues hace mucho tiempo que estás abusando de mi bondad.
Levanté mi alfanje para matarla; pero ella, mirándome fijamente, exclamó:
—¡En virtud de mi poder, convertido quedas en mitad hombre y mitad mármol negro!
Al mismo tiempo que la cruel hechicera me transformaba de esta suerte, destruÃa también, por arte de encantamiento, la capital de mi reino, que era muy populosa y floreciente, y sobre sus ruinas formó el estanque que habéis visto. Los peces de colores que en él visteis pertenecen a las cuatro clases de habitantes, de diferentes religiones, que formaban la población: los blancos representan a los musulmanes; los encarnados, a los persas, que adoran el fuego; los azules, a los cristianos, y los amarillos a los hebreos.
Las cuatro colinas eran cuatro islas que daban su nombre a este reino.
Esto lo supe por la hechicera, la cual, para colmo de mi aflicción, vino a anunciarme los efectos de su cólera.