Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Un día fuí al Palacio de las Lágrimas, llevado por la curiosidad de saber en qué se ocupaba la Reina, y, desde un sitio en que no podía ser visto, la oí hablar en estos términos con su amante:

—Hace tres años que no me has dicho una sola palabra ni correspondes a las pruebas de amor que te doy con mis lágrimas y mis frases de ternura. ¿Es acaso porque no me amas o porque me desprecias? ¡Oh tumba! ¿Habrás extinguido tú la ternura que por mí sentía? ¿Habrás cerrado tú los ojos que con tanta pasión me miraban y eran mi alegría? ¡Ah, no, no puedo creerlo! Di más bien porque has llegado a ser depositario del mayor tesoro de la tierra.

Estas palabras, dirigidas, no a un apuesto joven, sino a un negro horroroso, originario de este país, me indignaron de tal modo que, no pudiendo contenerme, salí de mi atisbadero y, apostrofando a mi vez a la tumba, exclamé:

—¡Oh tumba! ¿Por qué no te tragas a este monstruo del que se espanta la Naturaleza misma? O más bien, ¿por qué no aniquilas al amante y a la manceba?

La Reina se levantó entonces hecha una furia.

—¡Ah, cruel! —rugió—. ¡Tú eres el causante de mi dolor! No creas que lo ignoro; bastante he disimulado ya. Fué tu mano bárbara la que redujo a este estado al objeto de mi amor, ¡y aun tienes la avilantez de venir a insultar a la amante desesperada!


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