Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor —me dijo—, vengo a suplicar a Vuestra Majestad que no se sorprenda de hallarme en este estado. He recibido al mismo tiempo tres noticias a cual más dolorosa.
—¿Qué noticias son ésas, señora? —le pregunté.
—La muerte de la Reina, mi madre; la del Rey, mi padre, matado en el campo de batalla, y la de uno de mis hermanos, que ha caído en un precipicio.
—Señora —repuse—, tomo parte muy viva en vuestro justo dolor.
Retiróse ella a sus aposentos, donde pasó todo un año llorando y entregada a su pena, y transcurrido este tiempo me pidió permiso para hacer construir su sepulcro en el recinto, del palacio donde, según dijo, quería pasar el resto de sus días.
Yo la autoricé.
Cuando el mausoleo estuvo terminado, hizo trasladar allí a su amante, que aun vivía gracias a las bebidas que le hacía tomar.
Sin embargo, todos sus encantamientos fueron inútiles para curar a aquel desdichado que, además de no poder caminar ni sostenerse en pie, había perdido el uso de la palabra.
La Reina hacíale cada día largas visitas.