Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—No merezco —decía la Reina a su compañero— que me recriminéis por mi tardanza; ya sabéis a qué obedece.

Entretanto habían llegado al final de una alameda y entraron en otra, seguidos de cerca por mí. No pudiendo contenerme más, desenvainé mi alfanje y herí en el cuello al amante de mi esposa, que cayó al suelo.

Suponiendo que le había matado, huí precipitadamente sin darme a conocer a la Reina, a la que no maté también por ser parienta mía.

La herida que causé a su amante era mortal, pero ella, le salvó por medio de un encantamiento, de suerte que se puede decir de él que no está vivo ni muerto.

Mientras corría yo por el jardín, oí los gritos que lanzaba la Reina, y creyendo que eran de dolor me alegré de haberla dejado con vida.

Volví a la alcoba, me acosté, y, satisfecho por haber castigado debidamente a mi temerario rival, no tardé en dormirme.

Al despertarme por la mañana vi a la Reina acostada en mi lecho.

Me levanté sin hacer ruido, pasé al aposento contiguo para acabar de vestirme, luego asistí al Consejo y, terminado éste, me dirigí a las habitaciones de la Reina, la cual salió a mi encuentro vestida de luto, con los cabellos sueltos y en parte cortados.


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