Las mil y una noches
Las mil y una noches —¿Cómo quieres que lo note si cada noche le suministra un brebaje de hierbas que le hace dormir profundamente, sin que pueda despertarse hasta que ella vuelve y acerca a su nariz un frasco de esencias?
Imaginaos, señor, la impresión que me producirÃan estas palabras; sin embargo, hice un esfuerzo para dominarme, y fingà que me despertaba sin haber oÃdo aquella horrible revelación.
La Reina volvió del baño, y antes de acostarnos me presentó ella misma la taza de agua que yo acostumbraba beber; pero, en vez de llevármela a la boca, me acerqué a la ventana, que estaba abierta, y la vertà disimuladamente en el jardÃn, devolviéndole la taza para no hacerla entrar en sospechas.
Nos acostamos acto seguido, y suponiendo que yo dormÃa levantóse ella y dijo en voz alta:
—¡Duerme, y ojalá no te despertaras jamás!
Se vistió apresuradamente y salió del aposento.
Apenas se hubo marchado, salté del lecho, vestÃme en un abrir y cerrar de ojos, tomé mi alfanje y la seguà tan de cerca, que oÃa el rumor de sus pasos.
Pasó mi esposa a través de muchas puertas, que se abrÃan por sà solas en virtud de ciertas palabras mágicas que ella pronunciaba, y entró en el jardÃn.
Yo me oculté tras de la última puerta para que no me descubriese.
Escuché atentamente. He aquà lo que pude oÃr: