Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Conoció Zobeida por estas palabras que el mandadero no carecía de ingenio, y comprendiendo que tal vez deseaba tomar parte en el festín, le dijo:

—Sabéis que nos disponemos a divertirnos y no ignoráis que con tal objeto hemos hecho gastos considerables; y no sería justo que, sin contribuir con algo, seáis de la partida.

El mandadero hizo ademán de entregarle el dinero que había recibido por su trabajo.

—No —repuso Zobeida—, lo que de nuestras manos sale para recompensar los servicios que se nos hacen no lo recogemos jamás.

Y añadió, viendo la confusión del mandadero:

—Amigo mío, consiento en que os quedéis en nuestra compañía, pero con una condición: la de guardar absoluto secreto sobre todo lo que veáis y que no salgáis de los límites de la decencia y de la cortesía.

Entretanto Amina habíase cambiado su traje de calle por otro de casa y disponía la mesa. Preparó en un momento infinidad de ricos manjares y puso sobre una credencia los jarros del vino y los vasos de oro. Hecho esto, las mujeres sentáronse a la mesa, colocando entre ellas al mandadero.


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