Las mil y una noches
Las mil y una noches —¿Qué esperáis, buen hombre? —preguntó Zobeida al mandadero al ver que no se retiraba—. ¿No estáis contento con lo que os hemos dado?
—Señora —replicó el otro—, no es eso lo que me detiene, sino la curiosidad de averiguar quiénes sois y la extrañeza de no ver a ningún hombre en esta casa.
Las tres hermanas prorrumpieron en una carcajada al oÃr al mandadero, a quien Zobeida dijo con gravedad:
—Lleváis muy lejos vuestra indiscreción, pero, a pesar de todo, os diré que somos tres hermanas que manejamos secretamente nuestros asuntos sin que nadie en el mundo se entere. Los secretos no deben ser confiados a persona alguna, porque el que los revela ya no es dueño de ellos. Si tu pecho no es capaz de guardarlos, dice un autor, ¿cómo lo ha de hacer el pecho de un extraño?
—Señoras —exclamó el mandadero—, veo que no me equivoqué el calificaros a primera vista de personas de mérito y de distinción. Aunque la ingrata fortuna me ha colocado en una posición humilde, he leÃdo, sin embargo, muchos libros de ciencias y de historia y recuerdo una máxima que dice: «Los secretos no deben ser revelados a los necios parlanchines, que abusarÃan de nuestra confianza, sino a los hombres de juicio y de discreción, porque éstos saben siempre guardarlos con fidelidad».