Las mil y una noches
Las mil y una noches Entraron los tres en el interior del edificio, y después de atravesar un gran vestíbulo, fueron a un patio espacioso rodeado de una galería que daba comunicación a diversos departamentos amueblados con oriental magnificencia. En el fondo del patio se veía un trono de ámbar sostenido por cuatro columnas de diamantes y perlas, y todo bajo un dosel de raso carmesí bordado de oro de las Indias con un primor y un gusto admirables. En el centro de la estancia, y cerca de la gradería del trono, murmuraba el agua cristalina de una fuente cuya forma era la de un león de bronce plateado.
Lo que más llamó la atención del pobre mandadero fué una tercera dama que estaba sentada en el trono y que al ver a las otras dos se adelantó hacia ellas. Conocíase en todo que era la principal y se llamaba Zobeida, Sofía la que abrió la puerta y Amina la que había ido al mercado por la mañana.
—Hermanas mías —dijo Zobeida—, ¿no veis que ese hombre no puede resistir el peso que trae? ¿A qué aguardáis para quitárselo?
Amina y Sofía se apoderaron del canasto, y así que estuvo vacío pagaron generosamente al mandadero. Muy satisfecho éste iba a retirarse, pero, a su pesar, le retenía allí el deseo de saber quiénes eran aquellas tres damas que vivían solas en el palacio.