Las mil y una noches
Las mil y una noches Pasaron de allí a casa de un carnicero, en la que adquirió la dama veinticinco libras de carne, y, por último, al establecimiento de un droguero, en el que hizo gran provisión de aguas olorosas, nuez moscada, pimienta y muchas otras especias de las Indias, todo lo cual ponía el mandadero en su canasto.
El mandadero apenas podía caminar con el peso de su repleto canasto, y ya casi le faltaban las fuerzas, cuando llegaron a un hermoso palacio de espléndida arquitectura y adornado el frontispicio con columnas de mármol blanco. La dama se detuvo allí, y dió un golpe en una puerta de marfil y ébano.
No podía explicarse el mandadero que una dama de tan nobles y distinguidas maneras fuese por sí misma a hacer las compras en el mercado, cual si fuese una simple esclava, y se dispuso a dirigirle algunas preguntas, que no llegó formular, porque otra dama apareció en la puerta.